Una de las cosas que pude haber hecho y no hice, fue leer la novela del ingeniero (†). Me la dio a leer y no la leí, pues nunca he leído nada por encargo. Leer para mí nunca ha sido un trabajo, mucho menos un favor. Cuando me preguntó si la había leído, le dije la verdad y se la devolví. Parecía muy preocupado que el texto anduviera rodando por ahí. Pensé que estaba temeroso de que se supiera la temática, pero ahora, porque lo experimento yo en carne propia, podría afirmar que protegía el proyecto: andaba buscando un editor en la Ciudad de México.
Se podrá decir que a nadie le interesa la obra inédita de un autor desconocido. Pero la industria editorial tiene escritores negros, escritores fantasma, porque no puede estar la maquinaria parada: la casa nunca pierde. Y aunque escribir tiene su por qué y su tiempo, publicar es un proceso editorial, que genera costos, que puede generar utilidades, y que debe seguir con o sin inspiración, con o sin calidad, y a veces, me imagino, hay que tomar textos ahí donde los haya. El chiste es vender. A veces a través de puro MKT (una portada bonita, una contra interesante, qué se yo).