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jueves, 16 de abril de 2026

el espanol

Era valenciano. Casado con una teca. No vivía con ella, no sé si lo dejaba ver a la hija. Había obtenido la nacionalidad mexicana. 

    Era gangoso. Era un tipo flaco y pelón, muy alto. Parecía monje, digamos fray Toribio de Benavente, Motolinía,  cuando se cubría con la capucha. Nos hicimos amigos porque yo era el único que le hablaba por su nombre. Alguna vez pensamos en dividir la renta de una casa. Él vivía atrás de la CAPU. Según decía, nunca lo habían asaltado. A mí, una vez que fui a pie desde San Baltazar Campeche a la central, me empezaron a seguir dos tipos jóvenes, que no parecían asaltantes, en el tramo que está a la altura de Plaza San Pedro. Apreté el paso y con eso tuvieron para desistir desde el otro lado de la banqueta de Boulevard Norte. Eran alrededor de las cuatro de la mañana. Pobre país.

La empresa para la que trabajábamos era barcelonesa. Llegué a pensar que el dueño lo había enviado a México para espiarnos. De otro modo, no me explicaba qué hacía aquí, por qué había elegido esto por Europa (yo soñaba con emigrar a Alemania). Cuando supe lo de la hija,  entendí.

 

Bueno, felicidades Puebla de los ángeles: que vengan otros 492 años y muchos más.

sábado, 4 de abril de 2026

el inicio es flojo

Se me ha ocurrido otra versión que juega con el sueño o la pesadilla: retratar ese mundo, el de 1988. No hay teléfonos móviles, ni cajeros automáticos. Hacer sentir esa época en el momento de tomar decisiones, los obstáculos que, en la vida práctica, supone. Meterse en la cabeza del personaje, su sentir, su dolor: el derrotado que viene por la revancha. Tiene voluntad, pero no hay dinero (era la época de una inflación de 100%, la de 2025 fue de 10%: ¡magínese!). En fin, cualquier cosa, todo lo necesario, para llevarse al lector a ese mundo.