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miércoles, 3 de junio de 2026

mi homenaje a proust

Proust estaba ahí, sólo que no lo había descubierto. Me había quedado solo o había yo llegado demasiado temprano a La Paz (comida familiar de los domingos). Fui al estudio de Lola o de mi padrino Vicente y andando tropecé con un ejemplar voluminoso, un tabique: En busca del tiempo perdido. Sabía que existía y de quién era. Ignoraba que es un grupo o serie de novelas: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en Flor, Sodoma y Gomorra, Albertina ha desaparecido o La Fugitiva, La Prisionera, Por el camino de Guermantes, El tiempo recobrado. 

    La novela inicia con la escena del beso de las buenas noches. Yo fui un niño muy apegado a la mamá, de modo que el impacto que sentí fue muy fuerte: el niño Marcel no podía dormir sin ese beso de despedida. 

    Pero el estilo de glosas de glosas de Proust no me enganchó (por lo demás, así habla mi mamá, por lo que a veces, cuando el tiempo apremia, es necesario traerla al tema). Me ocuparé de ti más adelante, pensé. Y fue así como tropecé con ella varios años después, al final de las escaleras de la Librería de Cristal que estaba en el Boulevard 5 de Mayo, a un lado de los que fueron Cinemas Gemelos. Lumen había publicado una edición a cargo del poeta Carlos Manzano, en pasta dura: 

En busca del tiempo perdido en la edición de Lumen, hoy agotada


El volumen 1 y 6 tuve que venderlos para pagar la renta de un cuarto con baño. Algún día los recuperaré.


Guía para leer En busca del tiempo perdido -  Mi recomendación es leer primero El tiempo recobrado y luego empezar por el primer volumen. La última parte de la serie te da una especie de resumen de todo lo anterior, es maravillosa la escena en que Marcel baila con la hija de Odette (RAF, Tantadel o la canción de Odette). 

    Tardé en leer toda la serie ocho años. Los libros son carísimos y cuando tengo tiempo no tengo dinero. Y viceversa. La segunda vez que leí completo En busca del tiempo perdido empecé por El tiempo recobrado y terminé la serie en un año. Es fascinante, llena de sensaciones. Punto clave: la nostagia altera el tiempo, deforma el recuerdo que tenemos de él. 

    Muy importante: Marcel no es Proust y Combray no es Illiers. Retrata un mundo que ya no existe. En su tiempo, el ascenso de la burguesía desplaza a la aristocracia. En mi novela yo también tomo distancia y cambio los nombres. Y también recupera, en la medida que la memoria de un caballero lo permite, un mundo que ya no existe.

    Carlos Fuentes decía que En busca del tiempo perdido cierra la novela decimonónica. Proust está en la dramatis personae de Sergio Pitol. Gustavo Sáinz afirmó que ya era imposible  escribir algo así,  a ese precio. Por lo demás, y eso lo dice Proust en su novela, es el lector el que se formula en su cabeza su propia versión del texto.

 

martes, 15 de abril de 2025

asi que quieres publicar tu novela

Si quieres publicar una novela, escríbela primero - Me voy a referir a la generosidad de Ramón Córdoba. Cuando murió, así, sorpresivamente, como RAF [Luis Fernando Escalona, El muelle], de un cardiacazo en su casa, nos dejó consternados, pues no parecía un hombre enfermo (aunque sí que tenía el aspecto lo mismo del fumador que del que padece del hígado o del páncreas). Acababa de publicar El libro de los guardianes.

En su conferencia, estaba el novelista Jaime Mesa sentado en el piso. Yo, como llegué tarde, no alcancé lugar. Una joven hermosa atravesó la sala (Sala Lúdica, BUAP Librerias, Sucursal CCU) cargando una silla. Inesperadamente, me la ofreció a mí. Como continuó acarreando sillas para todos los que no habíamos alcanzado lugar en la mesa larga, echamos una mano y pudimos sentarnos todos.

Hubo uno que no aguantó las cubetadas de aguas negras que caían sobre las aspiraciones literarias de los ahí reunidos: un caballero espigado se levantó como para golpear al conferencista, pero sólo le aventó en la mesa la edición de autor sobre las memorias de su padre, un inmigrante textilero español asentado en Tlaxcala. Y abandonó el lugar.

    Nosotros, a la salida, por poco tiramos el maquinuscrito de esta novela en uno de los afluentes del Atoyac. Pero en lugar de eso, nos sentamos a trabajar, depurando, desechando casi un tercio del primer borrador, y terminar el proyecto (supe que había terminado porque siempre llegaba al mismo final). ¿Cuál generosidad? Pues esta: decir que a nadie le interesa la saga de tu vida, no es publicable (si quieres publicar una novela, no presentes una autobiografía). Hay que trabajar mucho para no ser tan autorreferencial (me acordé de Borges: había pasado de los duelos de cuchilleros y los cuentos de compadritos a las metáforas del tiempo, el laberinto, el minotauro; le había puesto un montón de arte aunque todo tenía que ver con él, como siempre).

    Quizá por eso, porque no les vino el saco, hubo quienes, a pesar de lo dicho, se quedaron a mostrar sus escritos (quizá les dieron seguimiento en algún taller literario). Trabajaba para Alfaguara. Me gustó verlo en Youtube presentando un libro crítico de El Peje, creo que de Francisco Martín Moreno, Ladrón de esperanzas.